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23-12-2020
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AQUÍ SÍ HAY PLAYA
¡Viva el Rey!
Por Pedro Corral, Periodista y escritor. Diputado del PP en la Asamblea de Madrid


Estoy seguro de que muchos lectores comparten conmigo la desazón ante el hecho de tener que recordar cada día lo obvio ante las toneladas de manipulación que se acumulan sobre la España constitucional con intención de arrojarla al vertedero de la Historia. Una de las más insistentes e insidiosas es la que rodea la figura del Rey hasta convertirla, poco más o menos, que en un espantajo autoritario de poder ilimitado cuya presencia en la cúspide del Estado tuviera además un origen oscuro.

Para empezar, la proclamación de Felipe VI ante las Cortes Generales el 19 de junio de 2014 significó sencillamente el cumplimiento de las previsiones de nuestra Constitución en lo concerniente a la sucesión en la jefatura del Estado, que se resuelve mediante una ley orgánica aprobada por Congreso y Senado. Es decir, fueron las dos cámaras de representación democrática de los españoles las que aprobaron la sucesión en la Corona. Como recuerda la propia ley orgánica 3/2014, de 18 de junio, de abdicación del Rey Juan Carlos I, es una tradición del constitucionalismo español que se reserve al poder legislativo la solución de las cuestiones a que diera lugar la sucesión en el trono.

Esta ya es suficiente prueba de la intachable legitimidad democrática de la proclamación del Rey Felipe VI, pero es que además en el juramento que le tomó el presidente del Congreso, el Rey se compromete “a guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos y de las comunidades autónomas”. Es decir, desde el principio asume su alta función en la defensa de nuestro ordenamiento democrático.

La Constitución proclama en su artículo 1.3 que “La forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”, y en esta condición “el Rey es el jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia”, como señala el artículo 56.1, con todos los deberes que le corresponden por el artículo 62. Por tanto, la Monarquía parlamentaria es la forma política que garantiza la libertad de todos, incluso de quienes la atacan.

Hasta el más ciego mentalmente se da cuenta de que los ataques a la Corona de los socios de Pedro Sánchez constituyen un elemento más de su proyecto de demolición del “régimen del 78”, que no es otro que el régimen de derechos y libertades que los españoles nos hemos dado para protagonizar la etapa de mayor avance social y económico que ha vivido la España contemporánea. Etapa en la que tanto ha tenido que ver la labor del Rey emérito, como así lo recordará la Historia le pese a quien le pese, aunque sus avatares personales se estén poniendo en cuestión ahora.

La España constitucional es un modelo político que supone un dique a las pretensiones de Podemos, ERC y Bildu por instaurar un delirio plurinacional que esconde, en realidad, una mixtura de proyectos colectivistas y etnicistas de indisimulada aspiración totalitaria, destinados a dividir y a enfrentar a los ciudadanos por cualquier motivo, como ya lo estamos viendo. El modelo de la Segunda República, convenientemente manipulado e idealizado por la “memoria histórica” para que las nuevas generaciones recuerden lo que nunca fue, es solo un espejismo para incautos. Nada sorprende que Iglesias, Rufián y Otegi estén dispuestos a poner en práctica sus planes contra los pilares de nuestro Estado de derecho, pero lo que es insólito es que Pedro Sánchez ponga la alfombra roja a cada uno de sus pasos.

Dentro de las intoxicaciones que hemos presenciado en estos meses, una de las más insólitas es la de que nos digan a los que defendemos al Rey Felipe VI que estamos manipulando políticamente su figura, cuando son precisamente quienes le atacan quienes la manipulan para sus fines torticeros.


Ante las amenazas ciertas a la independencia judicial, la libertad de educación y de información e incluso a la unidad de la Nación, la figura “superpartes” del Rey se convierte en un referente de la libertad, el pluralismo y el consenso. Prefiero personalmente no hablar del Rey como baluarte de nada ni de nadie. Felipe VI es la más alta representación de esta España con vocación de ser de todos y para todos, y así debe seguir siéndolo. En este sentido, la figura del Rey no entiende de fuertes ni fronteras: es en el espacio ilimitado, sin confines, de la libertad que proclama la Constitución donde se erige en toda su dimensión su función de símbolo de la Nación libre que es España.

Por todas estas razones, uno mi voz a la de la inmensa mayoría de los españoles para gritar alto y claro:  ¡Viva el Rey!


 



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