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2-11-2020
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UNA PICA EN FLANDES
Ni el polvo de nuestras alpargatas
Por Rafael Nieto, Doctor en Periodismo


La democracia liberal ha acostumbrado a los españoles a que el régimen político les importe más que la Patria. A que los partidos políticos les importen más que la Patria. A que Casado, Sánchez, Iglesias o Abascal les importen más que la Patria. Que sería algo así, llevado a la religión, como hacer que a los creyentes les importase más un telepredicador que Nuestro Señor Jesucristo. Porque en Cristo y en la Patria está la verdad. En este simulacro de democracia, lo que abunda es la mentira.España está secuestrada y no solamente porque millones de españoles no puedan moverse en libertad, con la excusa de la pandemia. Está secuestrada porque un Gobierno sin escrúpulos casi nos obliga a abortar, mientras el vicepresidente y la ministra abortista crían a sus hijos en un casoplón con niñera. Nos obligan a practicar la eutanasia, contra el criterio unánime del Comité de Bioética, mientras ellos llevan a sus padres a las mejores residencias. Nos persiguen, y nos esquilman, y si pueden nos encarcelan por no pagar una multa o un impuesto, mientras ellos se aforan como buenos prebostes, para poder cometer cualquier delito. Por eso nuestra Patria está secuestrada. 

Si alguno de ustedes ha intentado salir de Madrid capital estos días, se habrá encontrado una pareja de agentes del orden parándoles los pies, porque Sánchez decidió decretar el Estado de Alarma para poder desobedecer la decisión del TSJM sobre la movilidad en la región. Primera vez en la triste historia de los últimos cuarenta años en que un Gobierno central acude a una maniobra tan decididamente autoritaria. Sin embargo, la señora Celaa, ministra de Educación, se saltó el confinamiento porque tenía cita en Bilbao con su médico para tratar un cólico. Y el gran Wyoming, representante de la izquierda caviar, salió también por Barajas parece que rumbo a Cádiz, a disfrutar de lo que el resto de españoles no podemos. Para ellos, para la izquierda, siempre hay excepciones.

A Sánchez e Iglesias se les ha caído la careta rápidamente. Al líder del PSOE, (expulsado en su día de su propio partido por querer negociar con Podemos y con los separatistas), porque ha pasado de arrodillarse ante la democracia a atentar contra ella por todos los medios. Manejando los resortes del poder, sin excepción, de un modo personalista y autoritario, sin atender siquiera a las formas, con una prepotencia sin precedentes. A Iglesias, porque sus líos personales y su peculiar manera de tratar a las mujeres (como hemos visto en el caso Dina), le podría suponer una condena de prisión, si en España hubiese una verdadera separación de poderes. Pero no. Al juez García Castellón, por intentar impartir justicia contra Iglesias, le están amenazando de muerte las huestes podemitas.

España, antaño tierra de conquistadores y de hombres valerosos, la nación que dio la Fe, la lengua y la luz a medio mundo, es hoy el chiringuito particular de los partidos políticos, organizaciones que poco a poco, en apenas cuatro décadas, nos han robado la energía colectiva, castrando nuestras mejores virtudes. Han cambiado la dignidad por la chabacanería, la decencia por la ordinariez, el amor a Dios por las filias de diván, la dedicación al trabajo por la vagancia subvencionada. Apenas han necesitado cuarenta años para convertir lo que era una nación pujante, esforzada y construida sobre la humildad y el temor de Dios, en un solar de egoísmos donde unos niñatos juegan con nuestras vidas y con nuestro futuro. Y donde no podemos ni protestar.

La pandemia está acelerando el cambio de régimen que Sánchez e Iglesias se han propuesto, con el derribo de la monarquía y la persecución de los discrepantes, en la misma línea de lo que ya pretendieron sus padres políticos, los Largo Caballero, Indalecio Prieto y Santiago Carrillo. El Frente Popular no es un adjetivo, ni un dislate histórico, es una forma de entender la política según la cual todo está permitido para tomar el poder "al asalto", en confesión pública de Iglesias Turrión hace pocos años. Fidel Castro y Hugo Chávez en alianza con quienes instauraron el terror de las checas en el Madrid de los años treinta. Todo con la excusa de combatir un virus que ya ha matado a más de sesenta mil españoles; su homenaje de Estado fue un ritual masónico celebrado sin pena ni gloria.

Cada 12 de octubre algunos sacamos nuestras banderas al viento. Los que llevamos prendida en el alma la admiración y el amor por nuestra Patria. En un nuevo día para recordar que una vez fuimos los más grandes, universales. Que una vez pusimos nuestro destino por delante de un presente quizás calamitoso. Que en los momentos de mayor tribulación, de más duro combate, nos agarramos con fuerza al madero de Cristo, y en alianza eterna con Él, supimos gritar "Arriba España", no como un anhelo, sino como un signo de victoria. Ojalá que cada Día de la Hispanidad pisemos el suelo en el que descansan nuestros ancestros y nos demos cuenta de que estos niñitos consentidos que manejan nuestras vidas no merecen recibir ni el polvo de nuestras alpargatas.




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