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26-04-2020
UNA PICA EN FLANDES
No deben gobernar los peores
Rafael Nieto, Doctor en Periodismo


Lo normal es que cuando este infierno haya terminado, el recuerdo que tengamos de él sea doloroso y triste. Seguramente nos acordemos de todos los amigos, conocidos e incluso familiares que hemos perdido, nos vendrán a la memoria imágenes terribles de los pasados días...Será lo que los psicólogos y psiquiatras llaman "efectos de un stress postraumático". Sólo aquellas personas que han pasado por el trance de vivir una guerra pueden guardar en su memoria emocional imágenes y sensaciones parecidas a las que nosotros estamos viviendo ahora.

Lo cierto es que algunos, desde nuestra pequeña tribuna de Radio Inter, llevamos muchos años diciendo que la política no es ninguna tontería, y que no es admisible que estén en las más altas instituciones individuos sin ninguna formación, con prácticamente ninguna experiencia de gestión, y casi lo peor de todo, habiendo demostrado públicamente muy pocas virtudes morales. Personas cuyo único mérito ha sido escalar puestos dentro de sus partidos, normalmente a base de pelotear al que manda, para así poder salir elegidos en las elecciones, y de ahí directamente al cargo público. Pero las instituciones no son un cachondeo, no son un juego. En las instituciones se toman decisiones que afectan a la vida de millones de personas en una nación.

Mientras nosotros y otros pocos decíamos esas cosas, los demás pensaban que somos unos fascistas por hablar así. Porque en el "manual progre" (que, por supuesto, ha escrito la izquierda), se alcanza el ideal demócrata cuando el más burro entre los burros puede llegar a ser ministro o presidente, siempre que haya sido elegido en las urnas por una mayoría suficiente (¡y a veces, ni eso!) Esa elección (tomada normalmente por ciudadanos que no se han tomado ni la molestia de leer el programa electoral de su partido), es la que puede convertir a un botarate perfectamente inútil en una especie de "ungido", un elegido por Natura para llevar las riendas de la nación.

Cuando no pasa nada (es decir, cuando todo lo que pasa en una nación es que los mandarines de una parte de ella se tiran diez años peleando por celebrar un referéndum de independencia que es ilegal), que en el poder haya más o menos inútiles puede tener una importancia incluso residual. Porque, como han sostenido algunos clásicos del pensamiento moderno, las naciones se gobiernan prácticamente solas, con una especie de impulso natural que (gracias al cielo) no las hace depender de la acción de los políticos, al menos al 100%. El problema llega cuando unos inútiles tienen que gestionar una crisis de dimensiones mundiales que ha puesto en jaque a la sanidad de todo el planeta.

Y claro, como el político elegido, "ungido por las urnas", no ha gestionado ni las cuentas de su comunidad de vecinos, lo que puede pasar es que, al intentar comprar material sanitario homologado, te engañen como a un chino y gastes decenas de millones de euros en guantes, respiradores y mascarillas que no sirven para nada, mientras las urgencias de los hospitales están colapsadas esperando ese material que no llega. Puede pasar incluso que, con suficiente información sobre la mesa acerca de la peligrosidad del virus, te niegues a cancelar manifestaciones, partidos de fútbol y otros eventos multitudinarios, porque entre la prudencia (virtud insustituible en la política) o el agit-prop, tú prefieres, por supuesto, lo segundo. Aunque sea a costa de poner en peligro las vidas y la salud de cientos de miles de compatriotas.

Por eso decimos desde hace años que no puede llegar cualquiera a las instituciones. Por eso creemos que las urnas no ungen a nadie, ni convierten al tonto en listo, ni al inútil en apto, ni al vago en trabajador. No puede ser que, en el futuro, sigan gobernando los peores, sean del partido que sean. No puede ser que la simple presencia en un partido político (que es como pertenecer a un club de petanca) sea la catapulta única y definitiva para poder acceder a las instituciones públicas, que son de todos, y donde se dirimen las vidas y haciendas de todos. No puede ser que los ciudadanos sigamos admitiendo que el tipo que vemos sentado en una silla del Consejo de Ministros tenga un curriculum mucho peor que el nuestro.

Esta crisis que nunca pudimos imaginar, y que ya veremos cómo logramos superar, debe servir al menos para cambiar esa realidad nociva. Será con un altísimo coste humano, sin duda, pero sería todavía peor que ni siquiera ese drama sirviera para ello. Los ciudadanos debemos tomar parte activa en la política, y eso supone no desentendernos de las instituciones hasta el punto de permitir que, con nuestros votos, lleguen a ellas los más torpes. La política debe ser, de nuevo, el sitio de la excelencia, no solamente de la aptitud profesional, intelectual y académica, también de la excelencia moral. El lugar donde se resuman todas las virtudes humanas.



 


Se lo debemos a nuestros padres, a nuestros abuelos y a nuestros hijos. Nos lo debemos a nosotros mismos.


 


 



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