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26-03-2020
AQUÍ SÍ HAY PLAYA
Generación del 36
Por Pedro Corral, periodista y escritor, diputado del PP en la Asamblea de Madrid


Reconozco que es muy duro y difícil escribir en estas circunstancias, con una pandemia que desde el pasado 13 de febrero, en que falleció un hombre en Valencia por causa del coronavirus, arrasa España multiplicando fallecidos y contagiados: 3.434 y 47.610, respectivamente, cuando escribo.

Como en una tragedia de Shakespeare, estamos atravesando la noche oscura, invadida de dolor y tristeza, a la espera de un nuevo día en el que ya nada será como antes.


El recuerdo de los miles de muertos y el aliento a sus familias deberán ocupar nuestros primeros pensamientos. Los segundos serán para expresar nuestra gratitud y reconocimiento a todos aquellos que, jugándose su vida y la de sus familiares, han estado en primera línea en la lucha contra el Covid-19, cada uno en su puesto de responsabilidad. Una ola de humanidad, de entrega y sacrificio que recordaremos para el resto de nuestros días.


Creo que coincidirá el lector en que merecerá un recuerdo especial la generación de nuestros mayores, que es la que más está sufriendo la mortalidad de la pandemia. Quienes son más que septuagenarios vivieron -en su infancia la mayoría de ellos, otros en su juventud- la Guerra Civil o la posguerra. Conmueve pensar que los españoles que dieron sus primeros pasos, balbucearon sus primeras palabras, encontraron sus primeros amores y alumbraron sus primeros sueños bajo el horror de la contienda fratricida y las penalidades de la posguerra, estén viviendo en la última curva del camino una experiencia de muerte, enfermedad y confinamiento con tantas resonancias de la que sufrieron entonces, salvando todas las distancias.


A esta generación sin nombre me atrevo a bautizarla como aquella poética en la que se sitúa a Miguel Hernández: la generación del 36. Según el cálculo orteguiano de las generaciones, estas se extienden por veinticinco años, con lo que creo estar identificando bien a los hombres y mujeres -a mis padres, fallecidos hace más de treinta años, los cuento entre ellos- que levantaron con sudor, lágrimas y esfuerzo lo que sus padres y hermanos mayores se vieron empujados a destruir con sangre por culpa de la Guerra Civil.


A ellos les debemos no sólo buena parte de los cimientos sobre los que construimos la España que vivimos sino también, y acaso es lo más importante, la generosidad para superar las heridas que se infligieron las dos Españas con el fin de que el legado de odio que marcó su infancia y juventud no fuera un lastre para las futuras generaciones.


A veces no puedo evitar el sentimiento de que a esta generación nunca se le ha hecho justicia, ni siquiera cuando en la última crisis económica fueron para muchos de sus hijos y nietos el principal auxilio para capear el temporal. Al contrario, nuestros mayores han quedado cubiertos bajo el manto de sospecha extendido en los últimos años contra todo aquello que se encuadra bajo la etiqueta del franquismo. A esta generación que hizo posible la España reconstruida y alineada entre las diez mayores potencias económicas mundiales, se la ha denostado implícitamente por haber vivido “acomodados” a la dictadura de Franco, da igual que fueran hijos de vencidos o de vencedores, como si el ser simples protagonistas de su tiempo fuera un estigma imperdonable, cuando la realidad es que fueron hijos de un tiempo que no alumbraron, sino que les fue impuesto por las circunstancias de una guerra fratricida y su desenlace.


A esta generación y a sus sacrificios la debemos también la España adelantada que, después de la muerte de Franco, aspiró a avanzar hacia un horizonte de libertad y pluralismo, con una sociedad definitivamente abierta al mundo, reconciliada consigo misma y comprometida con el fortalecimiento de una nación de todos y para todos.


En estas horas difíciles, en las que sufrimos el embate de una epidemia que la ha puesto en el punto de mira, rindo homenaje a esta generación ejemplar, abnegada y valiente, que nunca ha pedido nada a cambio por todo lo que nos han legado, salvo una vejez tranquila y segura, sin las carencias y necesidades que sufrieron en su infancia y juventud.


A ellos les debemos que el día después nos comprometamos a ser leales a su entrega y su sacrificio. A hacernos merecedores de la España que han hecho posible. A ser ejemplares con la defensa de los principios y valores que nos enseñaron.


El Rey Felipe VI dirigió el pasado 18 de marzo un mensaje al pueblo español para insuflarle ánimos ante la crisis sanitaria más grave vivida por España desde la Guerra Civil. El mensaje tuvo una audiencia de 15 millones de españoles. Es fácil de imaginar que muchos de ellos serían personas mayores, que en el confinamiento tienen el televisor o la radio como sus únicas ventanas al mundo. Estoy seguro de que en las palabras de nuestro Rey recordando que nuestra nación siempre ha sabido superar las dificultades más graves, descubrieron el reflejo de sus vidas. Y estoy convencido de que cuando termine esta crisis, en su sabiduría madurada por el paso del tiempo, como un buen vino, nuestros mayores se dirán a sí mismos: España, misión cumplida. Una vez más.



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